Los siglos de la Modernidad

La Hermandad General alavesa de 1463 no desapareció al cesar las violencias arbitrarias señoriales. Al contrario que otras castellanas, persistió hasta dar lugar con el tiempo a la Provincia de Álava. Esta gobernaba a sus naturales y los representaba ante el monarca, interesado a su vez en una relación sin costos en un territorio periférico de sus dominios.

A lo largo de tres siglos se fijaron las atribuciones de las instituciones alavesas y se articularon diversas economías comarcales hasta conferir un carácter al conjunto provincial. Hacia dentro y hacia fuera el territorio se fue viendo y fue visto. En ese contexto se relacionaba con sus espacios vecinos y con la Corona en términos dinámicos: las más de las veces con acuerdo, otras con tensión. Las instituciones provinciales, con el importante aditamento de los privilegios forales, fueron conformando las señas de identidad de ese espacio.

Entre los siglos XVI y XVIII se desarrollaron y fijaron las atribuciones administrativas de las instituciones alavesas hasta convertirse la Diputación en la entidad política por excelencia, con jurisdicción en todas las esferas de la vida (fiscalidad, servicios, autoridad, justicia, milicia…). En ese tiempo, también la relación con la Corona delimitó la manera de estar la provincia en el Estado español que se iba conformando.

A la vez, el territorio provincial cobró forma definitiva, saliendo de él Treviño y las localidades burgalesas de poniente (Miranda, Pancorbo) e incorporándose otras importantes de la Rioja y la Montaña (Labastida, Berantevilla, Santa Cruz de Campezo, Peñacerrada, Antoñana…), igual que Llodio, aunque esta mantuvo hasta tarde sus diferencias. Hacia 1515 el mapa alavés era tal cual lo conocemos hoy.

El “modelo provincial” iría conformando una unidad política con dificultades, porque persistieron hasta muy tarde múltiples poderes en el espacio. Una treintena de señoríos (condes, duques, marqueses) controlaba grandes extensiones de territorio, usufructuando su economía, impartiendo su justicia y controlando todos los cargos. Enfrente, la pujante Vitoria –convertida en ciudad en 1431– y su amplia jurisdicción, y otras más de setenta villas, habían adquirido su autonomía.

A distancia, el rey ejercía una singular tutela en una permanente relación de equilibrio con esa multitud de agentes. A estos se añadía el gran poder de la Iglesia, a cuyos efectos las tierras de Álava se distribuían en hasta cuatro obispados distintos (aunque la mayoría eran del de Calahorra). En 1537 la provincia se organizó en seis cuadrillas y cincuenta y tres hermandades a efectos sobre todo de reparto de oficios y cargas fiscales. El esquema solo se modificó en 1840 con la creación de una séptima: desde entonces serían Vitoria, Ayala, Salvatierra, Laguardia, Zuya, Mendoza y Añana.

En la época moderna los alaveses rondaron en número entre los cincuenta y los excepcionalmente setenta mil. Una cifra de la que solo despegaron a mediados del siglo XIX, cuando por el empuje vitoriano la provincia empezó a acercarse a las casi cien mil almas.

Como en el resto de Europa, la inmensa mayoría se dedicaba a la agricultura, sobre todo al cereal en La Llanada y a la vid en la Rioja. Su capacidad fue tal que de aquí se abasteció de pan y vino a los entornos. En el último cuarto del XVIII los hermanos Quintano, de Labastida, se trajeron de Burdeos el método para modernizar el vino de la Rioja Alavesa. La Álava septentrional y la más montañosa se ocuparon en la ganadería y el bosque.

A pesar de esa mayoría rural y agraria, la actividad que los otros dos sectores ejercían en Álava hacía del territorio un espacio más “industrial” que la media europea. El artesanado estaba sobre todo en donde se concentraba la población, en Vitoria –allí suponía más de la mitad de los ocupados–, así como en algunas cabeceras comarcales. La manufactura del textil era la más destacada, pero sobresalían también las ferrerías tradicionales del norte provincial, hasta sumar una veintena, que alimentaban a su vez las fraguas fabricantes de útiles y aperos.

Una actividad singular era la que proporcionaba la sal del diapiro de Añana (y la de Buradón), explotada desde la antigüedad. Numerosas actividades económicas dependían del preciado “polvo blanco”. Tanto que enseguida la sal se estancó –ya con Felipe II, en 1564– y convirtió en monopolio de la Corona y en fuente de ingresos de la hacienda real.

Todas esas economías eran movidas por el comercio. La perenne posición estratégica de Álava facilitó un triple circuito de diferentes radios: provincial, regional e internacional. Este último transaba la lana de Castilla con los tejidos elaborados del norte atlántico y europeo, a los que se sumaba el hierro de las ferrerías vascas. Vitoria era la plaza comercial por excelencia, tanto en ese comercio largo como en el de intercambios regionales (y provinciales), con sus afamados mercados y casas de mercaderes, también de cereal, vinos y bienes de consumo. Aquí residía la aduana principal con Castilla y desde aquí se mantuvo el permanente pulso competitivo con la plaza de Bilbao.

Característica del mundo tradicional, la sociedad alavesa compatibilizaba a un tiempo su doble carácter desigual y comunitario. El poder estaba en manos de una élite, que cotidianamente reiteraba las diferencias en manifestaciones rituales, en el vestido, en los gestos, en el protocolo, en los trabajos o en los consumos. Antítesis de la sociedad abierta, los rangos estamentales no permitían transitar de una a otra condición; se podía uno enriquecer o empobrecer, pero el hidalgo lo era para siempre y el plebeyo también.

Pero en esa sociedad orgánica, el privilegiado compartía el espacio vital con el pueblo, tanto en la ciudad como en los mayoritarios entornos rurales, de manera que la marcada diferencia lo era dentro de la comunidad. Cada individuo existía en tanto que perteneciente a las diferentes entidades de encuadramiento (oficio, cofradía, vecindad, linaje, familia, condición religiosa reconocida…); nadie era alguien por sí mismo. A su vez, férreas y diferentes solidaridades (clientelares y familiares arriba; vecinales abajo) articulaban esa sociedad.

En ese contexto, la condición hidalga, noble, era algo que todo el mundo buscaba, aunque lo era realmente solo uno de cada cinco alaveses. A diferencia de las provincias del norte, Álava no disfrutó del reconocimiento de la hidalguía universal, pero sí de su derecho real a exigir filiaciones de limpieza de sangre y nobleza a los forasteros. Un asunto que no remitía tanto a las apariencias como al control social.

Conforme acababa el siglo XVIII la continuidad sin cambios del mundo tradicional se manifestaba imposible. Todo el entramado político-institucional y socioeconómico entró en crisis. La producción de los diversos sectores alcanzaba su techo y retrocedía. La ventaja foral no resultaba igual para todos los sectores e intereses: mientras unos se veían paralizados con ella, otros solo encontraban ahí su seguridad.

Al final, las tensiones entre hacendados conservadores y comerciantes liberales se politizaron a consecuencia de la vecina revolución, más que por las preocupaciones ilustradas (representadas aquí por una Sociedad Bascongada de Amigos del País, monárquica, provincial, católica y nada revolucionaria). Como en el resto de Europa, la reforma del modelo fracasó –si acaso aquí se ensayó lo suficiente– y todo acabó en una dramática sucesión de conflictos civiles.