Una sociedad dinámica

La dictadura franquista duró cuarenta largos años. Un periodo demasiado prolongado para que pasaran solo un tipo de cosas. En ese tiempo se vivió la vuelta por la fuerza a la sociedad más morigerada y políticamente más retardataria; pero, a la vez, también la transformación más importante y más general que ha vivido Álava en toda su historia.

Su consecuencia persiste en la actualidad, de manera que nuestro presente democrático se soporta en lo material en la nueva realidad industrial que conocieron la capital y la provincia en la segunda mitad de aquella dictadura. Sin pretenderlo los rectores de aquel régimen, los mismos que tomaron acertadas decisiones para propiciar el progreso del territorio, Álava no volvería a ser la misma y su pulso tradicional se vio profundamente revolucionado, hasta dar lugar a la moderna sociedad que es hoy.

La primera mitad de la dictadura franquista, hasta mediados de los años cincuenta, se caracterizó por la penuria material generalizada y por la dura represión física e ideológica que sufrieron sus oponentes y el conjunto de la ciudadanía, respectivamente. Una noche oscura se abatió sobre todo el país; también sobre Álava.

Pero por razones diversas, la segunda parte de ese periodo conoció un acelerado desarrollismo, de la mano de una industrialización que alcanzó a toda España; esta vez, también a Álava. Desde finales de los cincuenta, y en ese marco desarrollista nacional e internacional, la provincia hizo valer su histórica posición estratégica y sus recursos: suelo, agua, mano de obra formada, ventajas fiscales por el Concierto, alguna experiencia en la gestión pública y en la industria, comunicaciones y la cercanía de los espacios fabriles saturados de Vizcaya y Guipúzcoa.

A eso se le sumaron decisiones oportunas y acertadas de los mandatarios vitorianos, creando polígonos industriales bien dotados y puestos a disposición de las futuras empresas en Gamarra-Betoño, Arriaga y, desde ahí, en todos los bordes de la ciudad. Muchas industrias llegaron del norte, pero también importantes multinacionales de fabricación de vehículos (Mercedes Benz, Michelin), para las que buena parte de las primeras han acabado trabajando.

Con las fábricas llegaron miles de trabajadores, otra vez del norte, trasladados con sus fábricas, pero también muchos del despoblado agro alavés y de las provincias cercanas y lejanas de Castilla, Galicia y hasta Extremadura. Estos ocuparon nuevos barrios obreros construidos en los contornos de la ciudad: Adurza, Abechuco y Errekaleor, Zaramaga, Ariznavarra… La población de Vitoria creció de los cincuenta mil habitantes que tenía a mediados del siglo XX hasta los ciento setenta y cinco mil de 1975. Vitoria era “una ciudad revolucionada”, mientras el resto de Álava perdía demografía e importancia. Solo la industria de Llodio, establecida ya en los años treinta e incrementada en esta general industrialización de los sesenta, o alguna localidad como Amurrio, Oyón, Nanclares, Salvatierra o Laguardia mantuvieron cierta entidad, de la mano de planes de desarrollo provincial instados por la Diputación.

Esos cambios en la estructura socioeconómica trajeron consigo otros en los comportamientos. En el marco de esa sociedad del trabajo y de un progresivo consumo (vivienda propia, automóvil, electrodomésticos, gasto social…) se fue formando una nueva clase obrera. Esta emergió dramáticamente en las huelgas que terminaron un tres de marzo de 1976, cuando la policía mató a cinco obreros e hirió a más de un centenar al desalojar una asamblea en la iglesia de San Francisco de Asís. Fue un antes y un después en la reciente historia local.

Aquella Vitoria gris y provinciana, donde “todo el mundo se conocía”, comunitaria a la vez que desigual y jerárquica, dio paso a una sociedad plural y dinámica, moderna, con intereses de grupos enfrentados, que sin embargo hallaban también espacio para el reencuentro comunitario en la fiesta. El personaje de Celedón, que desde 1957 baja a la ciudad cada cuatro de agosto –justo cuando esta iba a empezar a ser distinta de la tradicional–, representa simbólicamente ese encuentro puntual de todos sus habitantes: los de Vitoria y también los de Álava. Alrededor de la capital tenemos la provincia, más y más afectada por esa macrocefalia vitoriana, aunque sus comarcas del norte (Ayala) y del sur (Rioja) se manejen también en áreas de influencia ajenas.

Al terminar el siglo XX, desde los años ochenta, la nueva realidad del autogobierno ha incorporado a Álava a la Comunidad Autónoma del País Vasco, enfrentándose así a nuevos retos y oportunidades. Vitoria acoge la mayor parte de las nuevas instituciones vascas, que protagonizan las decisiones y gestiones esenciales para los ciudadanos alaveses. En ese marco se mueve la Diputación Foral y en él se integran los habitantes de la moderna Álava.